*Y se dio media vuelta, esperando una mano en el hombro que lo obligue a detenerse, pero sólo sintió el viento, que incluso llegaba vacío de susurros*
- Quizá si… no, me auto engaño – se dijo, mientras los trazados de colores que había creado para sí se desvanecían en el aire como lo hacían las vivas siluetas al entrar en escena la penumbra.
Eran casi las cuatro de la madrugada y sin más, sentado en una vieja silla, observaba su cigarrillo consumirse, alumbrado sólo por la tenue brasa rojiza de la lenta muerte, a sus oídos no llegaba más que el rumor de la vacía avenida que se confundía con el tiritar del silencio. Cuánto había deseado esa paz física en sus días de vida, sin embargo ahora, la macabra quietud no hacía otra cosa que realzar el estado que embargaba su alma, el de un muerto en un ataúd de cinco por tres, espacio suficiente para moverse mas no para soñar y, aunque la visión de la cama le regalaba el toque irónico al momento, invitando a aquella melancólica media sonrisa a aflorar a sus labios una vez más, la situación no se le hacía muy agradable.
Os contaría qué misterios envolvían aquella noche, pero ni yo mismo pude desenmarañar los gastados hilos que habían rodado por su mente y su corazón hasta convertirlo en una especie de harapiento ser, lo que sí puedo deciros es que el brillo en sus ojos, sin ningún otro signo compañero, se elevaba al infinito en un suspiro mientras al siguiente adquiría la opacidad de una pieza de carbón, claro indicador de una batalla interna, tan voraz que me hizo pensar que la vida misma, o quizá el universo entero era el motivo de la disputa, aunque la palidez de su rostro y la falta de expresividad que había adquirido me invitó a creer que era el trozo de carbón lo que estaba en juego. En fin, no creáis en mis palabras más allá de las de un mero observador externo, un gastado clavo en la pared que otea curioso el panorama.
El reloj marcó las cuatro y las campanadas no se hicieron esperar, sólo cuatro, fría exactitud que sólo el indómito tiempo tenía el coraje de poseer.
- Maldito tiempo, tan frío e inexpugnable, es su transcurrir el causante de que mi sentimiento pueda ser medido, en días, horas, minutos, hasta los segundos parecen pulsarme recordando que soy – pensó mientras encendía otro cigarrillo – atrás quedaron los días en que osaba retarte, en que jugaba a combatirte convirtiéndote en eternidad, querido tiempo, ahora me posees y me desgastas a tu ritmo, ¿qué hice yo sino soñar?, pero es ése el castigo de quienes tratan de aterrizar en sus vidas la fantasía, ven como se estrella su ilusión y son condenados a observar el goteo del tiempo en la realidad, en aquella cansada realidad que quisieron transformar y que no pudieron.
Dicho esto y acompañándose de un golpe sobre el escritorio, se puso en pie, abrió impulsivamente la puerta de su habitación y se dirigió al balcón, miró raudo al cielo, desafiante y empezó a susurrar:
No soy más que un soñador
condenado a estar despierto
un individuo con garganta de fuego
condenado al silencio
soy sólo yo
y mi condena es no encontrarme
¿Cómo culminarán mi días?
pues ha sembrado el tiempo veneno en mi alma
y ya discurre por mis venas,
su veneno, su tortura atronadora,
me queda medio corazón
y el desgaste es excesivo
Su voz no se elevaba más que su corazón pero casi podía sentirse al viento desgarrarse ante él.
