I Un nuevo día
Se despertó aquella mañana como si de un sueño casi infinito se hubiese tratado, en su cabeza revoloteaban extraños y ambiguos pensamientos, tal vez recuerdos de una vida tan lejana como la que tuvo instantes antes de dormir, miedos y condiciones adoptadas sin haberse aclarado primero algún sentido que pueda mantenerlas en pie.
La luz que se filtraba entre las cortinas marcaban una curiosa línea en el suelo de su habitación, una frontera imaginaria entre el sueño y el despertar, ficción y realidad separados por un muro de partículas de polvo, danzando, pero a su vez desarrollando una quietud tan macabra que a cualquiera le haría pensar que es la muerte la que espera de pie al otro lado lista para aparecer, en un estado aún de ensoñación y con la mirada aún fija en la ilusión, estiró la mano, como era de esperarse no sintió ninguna clase de dolor ni mucho menos fue la muerte la que tomó su mano, sino que como si de algún influjo magnético se tratase, las partículas de polvo le abrieron camino, la belleza de la escena, de haberse podido fotografiar, habría cargado en su conciencia con un Pulitzer sin lugar a reclamos.
El ambiente que se respiraba en la habitación nada tenía de novedoso, la misma paz rota por los mismos actos de las mismas personas, las mismas ideas, las mismas sensaciones de nervios y confusión, mirando al techo y con la mano aún estirada se preguntaba qué sería, qué fue, qué será, por qué no y por qué sí, qué hacer… y los muros guardaban silencio; su corazón y las manecillas del reloj eran la única fuente de sonido allí dentro, pues su respiración era tan lenta que pasaba desapercibida.
Los minutos pasaban y su mirada se desplazaba por su entorno, todo estaba en su lugar, definitivamente no era una eternidad la que había transcurrido mientras dormía, sin embargo había sido mucho lo que había sentido, en su mente el tiempo transcurría a otro ritmo, una gran tormenta o un año de calma en un segundo y dos, los libros se acurrucaban unos a otros en sus estanterías, perturbados tal vez por la súbita paz que causó el despertar y que se iba incrementando conforme las pesadillas iban perdiendo claridad en detalles y se difuminaban en la memoria, al lado de ellos, viejos y nuevos recuerdos saludaban, incluso uno que otro invitaba a volar nuevamente en sueño, al otro lado de la pared de luz, mientras que de la misma dirección casi podía percibir aún aquella voz que susurraba su nombre, una y otra vez, entre los ecos de las pisadas de aquel ejército que marchaba sin cesar, arrastrando sus sueños, bordando sonrisas, perdiéndose entre la multitud que llenaba las calles, una y otra vez.
Su día había empezado, al igual que su rutina en el desierto, observó la puerta de su habitación, y se aferró nuevamente a sus sábanas, ponerse de pie significaría tener que vivir un día más sin saber que hacer, sin saber bien a dónde atar la paz.

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